Les han robado el futuro
Hablo del Estado del Bienestar y las Autonomías entendido como un pozo sin fondo; un pesebre gigantesco en el que alimentar opíparamente a un sinfín de cargos públicos cuyo principal mérito es la obediencia y sumisión a sus jefes, a cambio de un bienestar tan ficticio como efímero, destinado a tapar bocas. En síntesis, un espejismo carísimo.
Hemos vivido de la mentira y en la mentira. Véase la grave enfermedad de ese sistema financiero que, según nos decía Zapatero hace muy poco, gozaba de una inmejorable salud. Nos hemos comportado como si toda España nadara sobre un campo de petróleo, siendo como somos un país pobre. El crecimiento espectacular de estos años se ha basado en el crédito y los generosos donativos europeos, no en nuestra capacidad real para pagar las facturas de tanta autopista, ave, universidades y demás equipamientos espectaculares construidos para mayor gloria de los inauguradores de turno. La demagogia electoral se ha multiplicado hasta el infinito, adoptando formas tan nocivas como la imposición de lenguas vernáculas en la enseñanza, que no sólo han excluido al inglés, con la honrosa excepción de la Comunidad de Madrid, sino que han lastrado el aprendizaje y los resultados académicos de millones de jóvenes en Cataluña, el País Vasco, la Comunidad Valenciana y Galicia, donde no se tiene la libertad de estudiar en el idioma materno. Ese fracaso escolar, fruto igualmente de la abolición del esfuerzo y la exigencia como herramientas pedagógicas, es una de las ruedas de molino que nos arrastra al abismo. Pero no es la única.
Desde Bruselas nos exigen, como condición «sine quanon» para seguir financiándonos, que controlemos el gasto desbocado de las autonomías, porque se ha convertido en un pozo sin fondo. ¿Pero quién le pone el cascabel al gato? Estamos viendo la punta de ese monumental iceberg hediondo de latrocinio, embuste, mala gestión y corrupción que han sido las antiguas cajas de ahorros, convertidas en cuevas de Alí Babá y los cuarenta mil ladrones nombrados a dedo por todos los partidos políticos y sindicatos que han metido la mano en sus fondos. Sabemos que desde la Transición el número de funcionarios públicos se ha triplicado, sin que la riqueza general haya experimentado la misma evolución. No hay región que renuncie a sus embajadas («oficinas comerciales» las llaman) en el extranjero, excepto Madrid, ni comunidad multiprovincial donde no se multipliquen los delegados de los delegados en múltiples delegaciones, además de las diputaciones. ¿Y quién paga este monumental guateque? Los trabajadores por cuenta ajena y algunos autónomos, que básicamente son los contribuyentes a esa Hacienda que, oficialmente, somos todos.
Esta crisis no se resolverá en un año ni en cinco. Ha venido para quedarse, porque el daño causado a la credibilidad de esta Nación, y por ende a sus posibilidades de crecer, es inmenso. Lo que significa que les han robado el futuro a nuestros hijos.
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